jueves, octubre 6, 2022

El presidente ha perdido la narrativa

El relato del cambio gozaba de flotabilidad hasta hace poco, pero no ha resistido el embate de la inflación global, agravada por dislates de la gestión interna. Este 16 de agosto puede ser una oportunidad para recuperar la narrativa.

Por MELVIN PEÑA

En literatura se habla del “arco de la narrativa” para referirse a la secuencia con que se narra una historia. De la manera más simple, como nos enseñaron en la escuela, esta secuencia cuenta de un inicio, un nudo y un desenlace.

La comunicación política ha adoptado esa gráfica metáfora, el arco de la narrativa, para describir la la secuencia y el tiempo con qué los temas y los mensajes de una campaña se implementan en el transcurso de una competencia electoral

La narrativa de campaña abarca la historia personal del candidato, su mensaje troncal y su argumento, es decir, la razón fundamental por la cuál los votantes deben preferirlo a él y no a su rival.

David Axelrod, el estratega demócrata de la emblemática campaña de Barack Obama de 2008, define el argumento como el «baluarte de campaña», un filtro a través del cual todos los mensajes y comunicaciones deben pasar, para asegurar la alineación y consistencia de la campaña con la convocatoria central a los votantes.

Se entiende que un candidato “controla la narrativa” cuando domina la conversación pública,  fijando los mensajes que quiere  y cuando quiere. Por supuesto, ese es también el objetivo del contendiente. Luego, una campaña es una guerra de narrativas, es la disputa de los candidatos por controlar la narrativa.

Perder la narrativa

Se dice que un candidato ha «perdido el control de la narrativa” cuando ha sido forzado por su oponente a hablar de lo que no quiere, pero, como en política todo es narrativa, también puede decirse que un presidente ha perdido su narrativa cuando ha dejado de controlarla, cuando ya no coloca sus mensajes ni los temas de la conversación pública, sino que está constantemente a la defensiva, respondiendo a los temas que les imponen los otros. Es lo que ha pasado con el presidente dominicano en los últimos tres meses: Abinader ha perdido la narrativa.

Aunque su gabinete ha lucido descoordinado y con una comunicación errática desde el principio, el mandatario se había preservado, hasta hace poco, por encima de todas esas menudencias, logrando controlar la narrativa, a pesar de sus múltiples reversas.

La narrativa del cambio y del fin de la impunidad gozaba de flotabilidad, pero la inflación la ha superado,  sin importar que las razones principales sean importadas, aunque agravadas por deficiencias en la gestión interna de la crisis global, particularmente en la sensible industria de la energía.

El regreso de los apagones en medio de un verano inflamable agotan la paciencia y la capacidad de comprensión de la gente; les encabrita que les suban la tarifa de electricidad (aunque en el mundo entero esté subiendo) y que, además, en medio de una inflación creciente, el gobierno pretenda gravar las plataformas digitales, que les sirven para evadir la realidad o compensar sus deprimidos ingresos reales.

Irrita a la gente que los funcionarios indexen sus salarios a la inflación,  con independencia de la calidad de su gestión y de la legalidad de la indexación, sobre todo si alcanzan y rompen barreras sicológicas en materia de salarios en el sector público y lo hacen en momentos en que el resto de las personas tienen que optar por la austeridad.

Enoja que el presidente que dijo advertir a sus funcionarios “tengo amigos, no cómplices” haya sido tan condescendiente con su círculo cercano, pese al clamor popular para que retire de su gobierno a aquellos que con su pasada o actual conductas desdicen de la pregonada narrativa de impunidad cero.

Descontentas las mayorías, que ya no son silenciosas, por un sinfín de episodios; molestas las élites empresariales -que siempre se han dejado oír, si no públicamente, en los corrillos del cabildeo-,  porque se enfrenta a uno o varios de los suyos o porque se ralentizan y complican sus negocios que dependen del sector público; enfurecidas las bases  del partido oficial, que desde los inicios del gobierno no han parado de exhibir su descontento por la falta de nombramiento de los suyos en la administración pública; decepcionada la sociedad civil, que todavía no abre el fuego sistemático de su crítica, pero hacerlo es cosa de tiempo, por la falta de cumplimiento del compromiso del presidente con la aprobación de los derechos reproductivos o por su política migratoria, entre otros temas; insatisfechos los sectores conservadores, porque no les parecen suficientemente duras o efectivas las iniciativas oficiales frente a la migración haitiana, a mitad de su gestión el presidente luce a la defensiva, dando explicaciones sobre temas que no puede ignorar, aunque quisiera, y empujando proclamas que se vuelven contra él (“no mires pa´tra´”).

En estos días, iniciativas del gobierno que antes gozaban de la atención y el aplauso público, como la entrega de viviendas subsidiadas a quienes no pueden comprarlas a precio de mercado y otras acciones gubernamentales, se diluyen y pasan sin que siquiera se noten.

¿Por qué es grave perder la narrativa?

Michael Masoon,  un editor propietario de una tienda para coleccionistas que vende “artículos con historias” y apasionado del tema de la narrativa, califica la pérdida de la narrativa como “una de las críticas más despiadadas que una persona puede emplear hoy en día. Sugiere que el sujeto, una persona o una organización, ha perdido de alguna manera su sentido del lugar en el mundo”, y cita el artículo «One Year Storyteller-in-Chief», publicado en New Yorker,en  enero de 2010, por el novelista dominicano Junot Díaz, quien escribe sobre Obama justamente cuando el ex presidente iba también a mitad de gestión:

“Todo el año he estado esperando a que Obama flexione sus músculos narrativos, que cuente la historia de su presidencia, de su administración, que cuente la historia de hacia dónde va nuestro país y por qué deberíamos ayudar a alcanzar ese destino. Una historia coherente, accesible y convincente, una que sea lo suficientemente estrecha como para ser mantenida en nuestras mentes y corazones y que, sin embargo, sea lo suficientemente espaciosa como para que nosotros, la gente, podamos tejer nuestras propias predilecciones, sueños, miedos y experiencias en su tejido. Pero desde mi punto de vista, nuestro presidente ni siquiera ha contado una mala historia; él, en mi opinión, no ha contado ninguna historia en absoluto”.

¿Por qué la pérdida de la narrativa es tan grave?, continúa Masoon, llevando su explicación a un alcance más filosófico: “Una narrativa sugiere que hay dirección y propósito; (…) Decir que la narrativa se ha perdido es sugerir una disipación del valor, la identidad, el bienestar, la espiritualidad y la esperanza. La pérdida de la narrativa es la pérdida del significado de la vida”.

¿Se puede recuperar la narrativa?

Así como se habla de controlar o perder la narrativa, también se ha acuñado el término  «recuperar la narrativa”. Significa, llanamente, retomar el control de cómo se cuenta una historia sobre ti o el grupo del que formas parte, sin permitir  que sea otro quien domine la agenda y te posicione.

Las campañas y los gobiernos tienen o deberían tener  un plan para el arco narrativo deseado, pero, en última instancia, son los acontecimientos los que finalmente van definiendo la forma real de ese arco, a medida que este se desarrolla. El covid, la viruela del mono, la invasión rusa a Ucrania, las catástrofes naturales, las acciones de la oposición, etc., van dando forma a la narrativa definitiva.

Refiriéndose a uno de sus contendores, quien había declarado a la prensa que tenía un plan para ganarle, el boxeador Myke Tyson improvisó una sabia frase, que se ha hecho muy popular en el mundo corporativo:  “Todo el mundo tiene un plan hasta que recibe el primer puñetazo en la cara”.

Que “nadie sobreviva al primer contacto con el enemigo”, como versa la conocida frase del mariscal de campo prusiano Helmuth von Moltke, no significa que un líder deba abandonar su narrativa por causa de las contingencias que aparezcan en el campo de batalla. Lo que recomiendan los estrategas de planificación ante la confrontación con la realidad es soltar lastres, sin abandonar el núcleo central de la narrativa, al tiempo que  ajustan los planes a la nueva realidad.

Lo que hemos visto en la historia y en el escenario global es que los presidentes son evaluados, finalmente, no tanto por la forma en que comienzan su gestión, sino por la forma cómo la terminan (Margaret Thatcher, Barack Obama, Danilo Medina, etc.). El presidente Abinader no solo está a tiempo para recuperar su narrativa, sino que el inicio de la segunda y última mitad de su gestión le brinda una excelente oportunidad no solo para retomarla, sino también para renovarla

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